«Europa rural», microrrelatos finalistas

Publicamos por fin los microrrelatos finalistas del concurso organizado por el PIE el pasado Día de Europa. Uno de ellos, por no hacer referencia a Europa de ninguna manera, quedaba automáticamente sin opciones de premio, pero gustó mucho a todas las componentes del jurado y por eso lo incluimos aquí. En compensación (los finalistas, según las bases, debían ser tres, y entre ellos se incluía el ganador) incorporamos también los dos relatos que quedaban inmediatamente después en la lista de puntuaciones.

Cuidaba el prau como si fuese suyo.

Cuidaba el prau como si fuese suyo. Le satisfacía ver el pedazo de tierra tapizado del verde brillante de la brena, cuando salía, con su perruco Frigo, a las labores del campo.

Era bello aquel lugar; al fondo se divisaban las montañas envueltas en la bruma de la mañana. Al pie, el río discurría travieso dividiendo el valle.

Diegu se sentaba a picar la herramienta, liando un cigarrillo, mientras canturreaba una canción montañesa. Amaba esta tierra y no pretendía nada más que vivir en paz, tener el pucheru a punto y dormir una siesta gratificante.

El vuelo del cernícalo le distrajo por un momento, después, siguió con la faena. Frigo, persiguiendo un topilllo, se interpuso entre sus piernas. Intentando no herirle con el dalle, lo esquivó, cayendo, inevitablemente, en una sima que se abría al lado.

Su mundo se fundió en negro.

Ahora, vuelve a su casa. Un amigo le acerca al pueblo, en coche. Lo primero que pide es volver a su prau, a ver su ganado; a ver su universo.

El vehículo frena al final del calleju; Diegu niega con la cabeza:

—No es aquí —dice quedamente.

—Sí, es esto —responde el amigo, con piedad.

Se apea: un poblado de casitas crece ante sus ojos. Ni rastro del ganado.

Se sienta en la linde y comienza a liar un cigarrillo; ya no canturrea. De pronto, a sus pies, saltarín, un perrillo gimotea con alegría inmensa. Suelta el cigarrillo, acariciando su cabezuca.

Los dos lloran en silencio.

Autora: Yolanda Martínez Sacristán (Rasines)

Europa y mi mundo

Cierro los ojos. Huele a lluvia. A lluvia de verano que estimula todos y cada uno de mis sentidos. Gotas de vida. Si sigo quieta y en silencio, puedo escuchar el baile de los pastos al son del viento. Allí está él, gobernando el cielo, dueño y señor del mismo: el Pico San Vicente. Me saluda cada mañana y tiñe el cielo de color verde agua marina. Me regala esa sensación de poder volar, de libertad, de paz y de calma, esa sensación de que la vida, la buena vida es rural; es agua, cielo y tierra. Esta tierra tiene esa magia, posee ese tridente perfecto. Ese sabor a cuevas con tesoros y pinturas escondidas, ese ruido del ganado que muge con fuerza y que a tantas familias da de vivir, ese sello de trabajo, campo, familia, tradición, cultura, campos, montaña, deporte, roca y naturaleza viva. Ese sello único del norte, ese sello cántabro. Diferente a todos y al mismo tiempo completamente idéntico en su esencia a todos aquellos pueblos del mundo, estén donde estén, norte o sur, áridos o frondosos, con su mar o su desierto. Idénticos en su esencia a todos esos pueblos del mundo, de Europa, donde cada mañana sus gentes sienten esa magia que sobrevuela el cielo, sienten esa fuerza, esa paz y esa calma… Sienten ese tridente mágico con ellos. Sienten la fuerza del agua, del cielo y de la tierra. La buena vida. La vida rural.

Autora: Sonia López Garrido (Ramales de la Victoria)

Los europeos somos más de 508 millones

Los europeos somos más de 508 millones de habitantes, 50 países, 270 regiones y más de 200 idiomas, y escribo sobre una Europa de la que me siento orgulloso, y básicamente es hablar de gentes con mentes abiertas que creen en valores fundamentales como el respeto, la tolerancia, la solidaridad y la democracia.

Nací y crecí entre pisos, posteriormente mi profesión me llevó a las zonas rurales del Alto Asón, y he conocido de primera mano sus costumbres, sus dichos, sus ansias, sus almas… y tras más de 30 años ahora sé lo que es cordialidad, he aprendido a maravillarme con la naturaleza y valoro las cosas sencillas.

Sé lo que es «buscar asudio porque chubia», «yender y acaldar sin que se desborregue», «arripar al astial la novilla estil con un perojo», «escandar rebollinos»… Y lo que son «perrechicos», «arrageliarse», «bucicu», «estandojo», «cubíu», «dalle», «atelecido», «belorta», «cervellán», «tabardox», «ralda»…

Autor: José Luis Díaz-Palacios Castanedo (Ramales de la Victoria)

Tiempos de Erasmus. Don’t forget your apples.

«¡Mierda!»

Al oírlo, los guiris, que en realidad no lo son porque son ellos los que viven en Southampton, dejaron su Mac y se echaron a reír. Y es que le entendieron perfectamente, aunque lo dijera en español.

Kathe preguntó: «¿Qué te ocurrió?»

Tristán contestó, en su ya avanzado Spanglish, «No he guardado lo que estaba realizando y ahora tengo que volver a empezar. Siento haber dicho eso, pero ¿me habéis entendido?

Kathe afirmó: «Sí, son palabras y reacciones que en cualquier idioma se entienden. Cualquiera de nosotros podría haberlo y dicho, y más si es eso lo que te ha pasado».

«Por eso yo tengo un dicho que dice No olvides tus manzanas», aconsejó Dan a Tristán.

Fue en ese momento cuando el joven español aprendió que, para todo en la vida, los pequeños detalles son importantes y que, si no los cuidas, pueden desequilibrar la balanza. De manera que empezó a recoger en la mochila de la vida sus propias manzanas, para que no se descompensara su báscula.

Autor: Jesús San Miguel Cobo (Udalla)

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